Investidura de Pedro Sánchez

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22 marzo 2015

Papel mojado




            En España no existe mayor transfuguismo político que en otros países, aunque las recientes elecciones andaluzas han  puesto de manifiesto que este fenómeno ha aumentado considerablemente después de conocer los resultados.
            Así, adscritos al partido de UpyD se pasan a Ciudadanos al ver los buenos resultados que han obtenido en dichas elecciones y que anticipan lo que sucederá en las generales.
            El PSOE gana las elecciones andaluzas con 47 escaños (verlo para creerlo, después del escándalo de los ERE y la causa abierta por dicho motivo en el que están implicados muchos políticos de esa formación).El PP pierde votos en Andalucía -en total pierde 17 escaños con relación a 2012- y se queda con 33 escaños, lo que achaca al abstencionismo. Ciudadanos consigue 9 escaños y ha ganado más de 240.000 votos; Podemos  consigue 15 escaños y no gana ni pierde porque no existía como tal formación en 2012. UPyD se queda con 0 escaños, pero pierde más de de 50.000 votos que todo parece indicar que han ido a Ciudadanos.
            Todos estos resultados hace que quienes estaban en una formación política que ha perdido votos, como es el caso de UPyD, de pronto se sientan afines al ideario del partido que ha aumentado su porcentaje de votantes, en esta ocasión Ciudadanos, y, por tanto, creen que pueden conseguir en la nueva formación política una mayor posibilidad de alcanzar una cierta parcela de poder que con el anterior grupo político les estaría vedado por quedarse estancado..  En definitiva, el conseguir ser el amo del cortijo, más o menos pequeño, es lo que buscan quienes se dedican a la política activa, no tanto por un afán de servicio público, sino por un deseo de alcanzar un cierto grado de poder que le sirva a sus propios intereses.
            Así se produce esta especie de "cambio de chaqueta" entre los tránsfugas de los partidos perdedores hacia los ganadores, aduciendo que la ideología es la misma, salvo ciertos matices, pero que en último momento           -siempre después de que se han sabido los malos resultados obtenidos en las urnas por el grupo al que abandona-, han surgido discrepancias irreductibles entre el tránsfuga de turno y su partido que le obliga a marcharse de dicha formación para buscar nuevos aires y también -aunque eso no lo dice-, quitarse de encima una formación política que en un día le atrajo como proyecto viable y ahora se le ha convertido en una losa de plomo que le aplasta y a sus  aspiraciones políticas que siempre tienen que estar unidas al logro de sus ambiciones personales.
            La política aburre a muchos ciudadanos y, además, aburre mucho. Sobre todo cuando el votante con buena fe apoya las consignas y proclamas del partido al que desea votar, deposita su voto en las urnas y piensa que ha puesto su granito de arena para que la maquinaria democrática pueda seguir funcionando, ya que es lo único que el ciudadano puede hacer en un Estado de Derecho: ejercer su derecho al voto y retirárselo al grupo votado cuando este no cumpla sus promesas o haga todo lo contrario a lo que en su ideario proclamaba.
            Por este motivo, quien vota a una determinada formación política              -su voto nunca está basado en el vacío, en la abstracción pura  y dura de unos programas políticos en sí mismos, sino en quienes los encarnan, en la simpatía, en  el "carisma" de quienes representan a dicho ideario y la capacidad de convencimiento que en sus distintas manifestaciones públicas tienen sus representantes, ya sean tanto en los medios de comunicación como en sus apariciones personales en público-, confía en que quienes representan ese ideario político estén tan convencido de lo que pregonan como el votante lo está de su intención de votar a ese partido político.
            Y digo que la política aburre al ciudadano porque, cuando de las filas del partido al que ha votado empiezan a emigrar algunos o muchos de sus miembros -como las aves en invierno emigran en busca de climas más cálidos-, y pasan a otro partido al que nunca pensó en votar el ciudadano en cuestión, éste se queda atónito, pensando que los tránsfugas de su partido nunca han hecho causa común con las ideas del partido al que se apuntan ahora, en una especie de transformismo político que desconcierta, aturde y, termina aburriendo al votante que confió en unos ideales y en quien los representaba y se encuentra, después, con que aquellos ya no le sirven a estos últimos o no les convencen, por lo que piensa "Si ya no creen en su programa quienes me convencieron para que les votara, tampoco me sirve a mí. La próxima vez voto en blanco, porque, al final, son todos iguales: una partida de mangantes".
            Es quizás esta la causa de que cada vez haya más abstencionismo en las diferentes elecciones. El ciudadano se cansa, se irrita, se descorazona y pierde completamente la fe en la política y en sus representantes, porque sus continuos cambios de opinión en quienes la representan, cambios de partido, de actuación y su repetida falta de congruencia, le lleva a pensar en abstenerse en las siguientes elecciones, ya que intuye que, después de haber depositado su voto por su  talante demócrata y su deseo de decidir por sí mismo y expresar su opinión a la hora de votar, se va a ver de nuevo desengañado por el cambio en el programa político que hará quien llegue al  poder -si es el partido al que votó-;o por el transfuguismo a otras formaciones políticas, cuando no por la corruptela generalizada.
              Todo ello le provoca la sensación anticipada de derrota que siente el ciudadano que termina pensando que su voto vale tan poco como las palabras de quienes le convencieron de estar defendiendo una verdad incuestionable. Esa verdad tendrá la misma fecha de caducidad que la de su llegada al poder o su marcha a otra formación política. Y es esa fecha en la que, por un motivo u otro, el ciudadano perderá su confianza en la política, en los políticos y en la propia democracia, porque su papel como votante sólo ha consistido en depositar un voto, un papel, que servirá para bien poco. Para lo mismo de poco que han servido las proclamas en defensa de tal o cual ideario político antes de las elecciones y que abandonan después sus adalides con total facilidad, cuando ya no interesa defenderlo, como quien se cambia de chaqueta, demostrando que el papel en el que está impreso dicho ideario o programa político es papel mojado, al igual que en el que se deposita el voto del ciudadano convencido y confiado lo es también.
            Y eso a todo ciudadano de buena voluntad, le irrita, le cansa y le aburre, le aburre mucho.