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06 noviembre 2006

El país en el que vivimos



El terrorismo en la vida cotidiana


En esta sociedad tecnificada en la que se ha conseguido un nivel de bienestar desconocido hasta ahora, el gran enemigo que se ha instalado en la vida cotidiana y donde muestra sus peores y más crueles armas para desestabilizar la vida social y personal de cada ciudadano, es el terrorismo instaurado y emergente en cualquier parcela de la actividad personal, desde la laboral a la estudiantil, en forma de acoso laboral o escolar y alcanzando, en muchos y sangrientos casos de maltrato a mujeres, niños y ancianos, a la vida familiar. Parece como si el terror hubiera saltado desde la esfera política como arma para conseguir determinados fines separatistas y siniestros con el recurso fácil pero eficaz del terror a través de los atentados, a las zonas de la vida diaria de cada uno de los ciudadanos y cuya trágica curva de sucesos va en aumento progresivo por una falta de previsión de los hechos antes de que se produzcan los mismos, con daños para las víctimas, y de la consiguiente persecución y castigo de los culpables que, en la actualidad, y por diversas razones, "salen de rositas", es decir, indemnes y libres de tener que afrontar las consecuencias de sus actos malévolos, estúpidos y crueles y de los cuales, muchas veces, no existen justificación, motivo ni razón, ni siquiera ante los propios causantes de los mismos.

Esta incidencia imparable de casos de acoso y derribo de los más débiles, indefensos o inocentes, la pone de manifiesto las noticias de los periódicos que, como las que han sido publicada en los últimos días, hablan de los hechos acaecidos en un determinado instituto de enseñanza media en la provincia de Alicante y la agresión sufrida por un profesor y realizada por un ex alumno de dicho instituto y grabada por una alumna actual, con la cámara de su teléfono móvil, lo que indica la falta de escrúpulos de la supuesta espectadora que es cómplice de la mala bestia que empezó a golpear y dar patadas al profesor que sorprendió a ambos, fumando algo menos inocente que simples cigarrillos, en un aula en la que sólo estaban los dos chicos. Los autores de la agresión actuaban con la impunidad que les proporciona saber que, por su minoría de edad -sólo física porque son ya adultos por su crueldad y falta de inocencia que han demostrado haber perdido hace demasiado tiempo-, sólo iban a recibir una amonestación y si son "hechos aislados2 no pasarían a un centro correccional de menores, por lo que su acto salvaje iba a quedar impune en una sociedad en la que todos: padres, profesores, directores de colegios e institutos, miran para otro lado porque son "actos aislados" o meras "gamberradas" que, por ser menores los autores de semejantes salvajadas, no deben trascender a la opinión pública ni, mucho menos, los nombre y apellidos de los "angelitos" causantes de dichos apaleamientos, porque hay que proteger a semejantes mostrencos y que no se enteren nadie de quiénes, son para salvaguardar así su honor ,y a la víctima que le den por saco.

Parece ser que este tipo de sucesos se repiten con demasiada frecuencia, por lo que se ha llegado a crear un teléfono de ayuda a los profesores acosados y a que un 45% de los profesores de enseñanza media se encuentren actualmente de baja por depresión, debida al acoso, la agresividad, la insolencia y las provocaciones de los energúmenos que, por ser menores de edad, se creen invulnerables ante las consecuencia de sus hechos violentos, más propios de matones y de macarras que de supuestos estudiantes a los que les falta el talante, la actitud, la cultura, la educación y el respeto que cualquier asistente a unas aulas debe tener, por el mero hecho de tener el privilegio de asistir a un centro docente a estudiar, y que demuestran que no aprovechan ni merecen ese supuesto "derecho" a la formación y a la cultura, porque esas malas bestias no asimilan ni tienen el menor interés en aprender lo que, para ella,s no tiene ningún interés si no va acompañado de la emoción que proporciona la violencia ejercida contra el prójimo. Y lo malo es que para "educar" y "formar" a esta panda de adolescentes y jóvenes violentos que sólo saben decir cuáles son sus supuestos derechos, pero ignoran los de los demás y sus correspondientes obligaciones, la factura la pagamos entre todos, empezando por los padres, aunque algunos, a veces, son tan cabestros como sus hijos, lo que demuestran algunos casos publicados en la prensa en los que, cuando el chico/a llega a casa diciendo que un profesor "le ha cogido manía", el padre va a hablar con el docente y en vez de intentar saber las razones de por qué el tarugo de su hijo no aprueba las asignaturas, quiere convencer al profesor de turno de lo que son buenas maneras, agrediéndole sin mediar palabra, en una clara manifestación de que la brutalidad sólo puede dialogar a base de golpes e insultos, porque si la fuerza bruta es terrible, lo es más aún la razón bruta que no atiende a razones por no estar acostumbrada nada más que a la contundencia de la sinrazón ejercida únicamente a puñetazos.

Días más tarde, en un instituto de Ponferrada también una estudiante de trece años sufre la fractura triple de una pierna porque otras tres compañeras -aunque habría que llamarlas psicópatas en ejercicio por las razones que adujeron para realizar tal agresión y que fue únicamente, según sus propias manifestaciones a la madre de la agredida, que "no tenían a nadie más cercano para acosar que a la propia víctima"-. Naturalmente, la familia de la estudiante agredida solicita que sean expulsadas las tres agresoras y que no sea su hija, la víctima de la agresión, y al contrario de lo que ha sucedido en otros casos, la que tenga que cambiar de instituto, cuya petición además de lógica y justa es evidente que no habría que justificar como tienen que hacer los padres de esta nueva víctima del acoso escolar, de la barbarie, la violencia y la agresividad descontrolada en mentes que ya no son infantiles, sino que muestran la conciencia de los actos que cometen y la falta de escrúpulos para llevarlos a cabo, además de carecer de ningún tipo de remordimientos, una vez realizsdos.

Actualmente, se está llevando a cabo una recogida de firmas para solicitar que a los menores de catorce años también se les aplique la Ley del Menor, aunque más bien habría que realizar una profunda reforma de ésta para que no salieran a los dieciocho años a la calle y limpios de culpa aquellos jóvenes que, con delitos atroces a sus espaldas como pueden ser el asesinato, la violación o las agresiones más violentas, una vez cumplida la estancia en los centros correccionales salen con la mayoría de edad recién cumplida y la misma agresividad patológica en sus mentes, en las que no cabe la menor capacidad de empatía, respeto al prójimo y, menos aún, remordimientos por el daño causado. En Inglaterra, cuando los menores que han delinquido con acciones de extrema gravedad, salen del correccional de menores por la mayoría de edad, pasan a la cárcel para seguir cumpliendo la condena como adultos que ya lo son quienes, por el tipo de delitos cometidos, no eran -entonces ni nunca antes de alcanzar la mayoría de edad-, menores, por sobrarles maldad e instinto criminal y faltarles el arrepentimiento que, en la mayoría de los casos, es tan inexistente como su deseo de no volver a cometer nuevas atrocidades.

Es necesario que la minoría de edad de quienes, por sus actos, demuestran ser adultos depravados, no beneficie a los autores de semejantes barbaridades que dejan a las víctimas con lesiones físicas y psíquicas, como son el profesor agredido que está realmente afectado psicológicamente por el suceso violento del que ha sido protagonista, además de las lesiones varias con fracturas de costillas incluídas, y la alumna que arrastra una triple lesión que puede dejarle secuelas de por vida, además de la depresión consiguiente que le impide querer volver a las aulas, ni siquiera salir de casa, por el terror de sufrir una nueva agresión de esas tres psicópatas a las que habría que expulsar del centro docente, denunciar -lo que ya han hecho los padres de la víctima-, y llevar a los Tribunales y que sus padres, como menores que son, se responsabilizaran de los daños causados por semejantes energúmenas con instintos asesinos y, además de un estudio psicológico adecuado, pasaran una temporada en un correccional, sin considerar hechos así como "casos aislados" sin importancia; actitudes éstas consentidoras e indiferentes que están llenando las aulas, las calles y las familias de pequeños monstruos que devorarían a sus propios padres, si con ellos no se llevaran la llave de la despensa para alimentar a semejantes especímenes en los que se adivina la falta de una educación basada en el esfuerzo, la enseñanza de valores, entre ellos el respeto al prójimo, y la aceptación de que todo hecho tiene unas consecuencias para sus autores, además de para las víctimas que lo sufren, y de las que ni la minoría de edad, la falta de control y de autoridad de padres, profesores e instituciones, les salvaría de afrontarlas. Y, además de todo lo anterior, les hubieran hecho falta unas buenas bofetadas que debieron recibir años atrás, cuando cometieron sus primeras "travesuras-bestialidades", que les hubieran aclarado las ideas, quitado las ganas de repetirlas y el bolsillo de sus padres no tendrían que pagar, años después, los daños causados por sus "angelicales" hijos.

Es necesaria menos tolerancia ante estos monstruos que graban sus propias agresiones para divertirse después y venderlas por doscientos euros, como en el caso de la chica que grabó la agresión en su móvil y sus compañeros intentaban vendérsela a los periodistas que cubrieron el caso, en un regateo vergonzoso en plan mafioso, traficando con la prueba gráfica de un delito de lesiones, y más aplicación rigurosa de la justicia; además de intentar la posibilidad de que los agresores sean identificados públicamente, pues todos lo coabardes temen ser descubiertos ante la opinión pública -aunque la Ley no permite tal opción en el caso de los menores-, porque a las víctimas de estos cobardes, siempre agrupados en manadas o jaurías, sí las identifican claramente sus agresores como objetivos de su violencia y sadismo y las convierten en blanco de sus burlas públicamente; ya que, si no se les para los pies, todos estos hijos de puta, trufados de agresividad y violencia gratuita, volverán a llenar las páginas de los periódicos, antes o después, con nuevas "gamberradas" transmutadas en delitos sangrientos y esta vez si saldrán con nombres y apellidos que los identifiquen y a sus víctimas sólo las sacarán con los pies por delante; pero siempre después de que el daño esté hecho y la víctima sea la única que pague la inoperancia de todos los que deben velar para que no existan estos hechos que pudieron evitarse y, sobre todo, el dolor gratuito y evitable de quienes lo padecen.
Ana Alejandre

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