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13 octubre 2009

Una derrota anunciada demasiado tarde





La victoria de Brasil como sede de los Juegos Olímpicos de 2016 -a pesar de que reconocen los propios brasileños que no tienen construidos ni los cimientos de la ciudad olímpica, ni cuentan con la infraestructura necesaria para la celebración de la Olimpiada de ese año, cuestión ésta que España si tenía resuelta, por lo que ha presentado la mejor candidatura en cuanto a organización y elementos necesarios para tal evento deportivo-, no quita la sensación de fracaso que los españoles tienen, tenemos, al ver cómo priman más las cuestiones políticas, en cuanto a la elección de la sede en la que cuenta más la cuestión del área geográfica o continente donde se halla situado el país candidato que en la buena organización, medios disponibles, y demás factores que pueden repercutir en el éxito o el fracaso de un evento magno como es cada Olimpiada.
Ahora surgen las críticas hacia Gallardón, haciendo verdad lo que dice el refrán de que “de árbol caído todos hacen leña”. Sin embargo, si hubiera ganado España, como en puridad le correspondía por las excelencias demostradas y demostrables de la candidatura española que fue apreciada por el comité del C.O.I en su día, todos hubieran sido alabanzas a la buena gestión del alcalde de Madrid que ha luchado, desde el primer momento, por ofrecer una candidatura en la que primara la excelente organización, las construcciones y obras hechas a tal efecto, el remodelado y puesta a punto de Madrid, sin dejar nada a la improvisación ni a la buena ventura. Los que critican el mal fallo para los intereses españoles deberían reflexionar antes de hablar, ya que el fallo no se ha debido a que Brasil haya ganado a España en bonanza organizativa, sino a una simple decisión política que trata de no elegir la sede olímpica en el mismo continente que en veces anteriores.
Sin embargo, si los que critican ahora el gasto cuantioso de las obras hechas para presentar dicha candidatura olímpica, viendo el fracaso de la misma, serían los primeros en acusar a Gallardón y a su equipo de haber anulado las expectativas españolas al respecto por no haber hecho todo lo posible para ofrecer lo mejor como estímulo para conseguir ser elegidos, achacando en este caso, de haber sido rechazada dicha candidatura, la culpa de todo a la falta de gasto, de obras, de preparación y de adecuación de la ciudad de Madrid para recibir a los Juegos Olímpicos.
Es decir, se critica lo hecho por resultar superfluo, pero costosísimo para lar arcas municipales en época de crisis, por los cantamañanas de siempre, por considerar dichas obras innecesarias, sabiendo –lo saben ahora pero no cuando apoyaban con entusiasmo a la candidatura española- que Madrid no sería elegido por estar en Europa; pero, igualmente, criticarían a Gallardón si no hubiera hecho y emprendido tales obras, achacando el fracaso a la falta de adecuación de la ciudad como sede olímpica.
Es curioso ver como nadie acepta el fracaso de las ilusiones, sean cuales fueran el motivo de la derrota, y siempre se busca al chivo expiatorio que pague por lo que ha hecho de más “a sabiendas del no”, como hubieran también culpabilizado de ese “no” a la falta de confianza de obtener un” sí” y no haber obrado en consecuencia.
Lo difícil no es asumir la derrota, con motivos o sin ellos, con culpa o sin ella, sino lo difícil para algunos es no culpabilizar siempre a quien se le pide, por un lado, que haga todo lo que pueda para conseguir el éxito y, por otra parte, se le culpabiliza de la derrota, de esa misma derrota que todos proclaman haber esperado desde el principio y a la que nunca supo intuir el responsable del gasto, de la candidatura y de la falta de previsión, en el supuesto de haber sido así. Y, siguen diciendo los que no asumen la frustración y aprovechan la ocasión para arremeter contra el adversario político, que si Gallardón hubiera pensado antes en la imposibilidad de la elección de España como sede olímpica, así se hubiera ahorrado el dinero y las molestias, a sabiendas de que era imposible conseguir la meta, esa que ahora todos saben, sabían, que era inalcanzable.
El cinismo, una vez más, da buena prueba de que hay quienes lo saben todo, pero siempre a posteriori, porque lo dicen sólo cuando ya se saben los ressultados, para señalar el fallo, la culpa, el fracaso, pero su dedo acusador nunca señala a la verdadera causa de la derrota, sino a quien debía conseguir el éxito a toda costa y, lo más extraño, es que según dicen después los sabelotodos, nunca creyeron en la victoria, a pesar de haberla apoyado a priori con entusiasmo..