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09 mayo 2006

Con A de antibióticos


Según publicó el periódico “El mundo” con fecha de ayer, 8 de mayo, la mayor compañía farmacéutica del mundo, Pfizer, probó un antibiótico en desarrollo en casi 200 menores ingresados en un hospital de la región nigeriana de Kano.

El periódico “Ther Washington Post” publicó que esto se hizo sin lo permisos oficiales correspondientes y en contra de las leyes internacionales y en total desconocimiento del gobierno nigeriano. El ensayo se realizó en Nigeria en 1996, cuando el país estaba asolado por una epidemia de meningitis que causó la muerte a 1.500 personas. El informe médico se hizo en el año 2000, y estaba relacionado con las prácticas médicas de las entidades farmacéuticas en el resto del mundo; pero sólo se hizo público hace una semana en el periódico estadounidense. Dicho informe califica al hecho sucedido en Nigeria “como una clara explotación del ignorante”.

El fármaco en desarrollo era Trovan, el nombre comercial de trovafloxacino, un antibiótico. En Europa se comercializó sólo durante tres meses. En EE.UU se autorízó, en 1997, sólo para adultos pero nunca para menores. En 1999 la FDA estableció límites estrictos a su uso.

El caso está lleno de interrogantes. No se explica por qué se ha ocultado durante tanto tiempo los resultados del informe, elaborado por un grupo de expertos nigerianos. Se indica que en el año del uso de dicho antibiótico en el hospital nigeriano no existía un comité ético al que no se creó hasta después de que se concluyeran dichos trabajos que dieron origen al mencionado informe.

Por otra parte, la directora del organismo encargado de regular los fármacos en Nigeria, Dora Akunyill, dice que ignora por qué el informe ha sido confidencial durante estos años y asegura que el organismo que dirige ha afirmado que “esta gente no tenía autoridad a realizar el ensayo”, refiriéndose a la compañía farmaceútica.

En 2001 treinta familias nigerianas presentaron una demanda contra Pfizer en un juzgado de Nueva York. El juez la desestimó por falta de jurisdicción el verano pasado. Por otra parte, la compañía farmacéutica ha publicado un comunicado en el que responde a las acusaciones y manifiesta que el ensayo contó con la aprobación del Gobierno de Nigeria y con la autorización verbal de la familia de los pacientes tratados con el antibiótico.

A la pregunta de por qué se realizó el ensayo con dicho antibiótico en Nigeria, la compañía farmacéutica afirma en dicho comunicado que “para obtener una nueva indicación de una medicina, primero debe probarse en gente afectada por la condición que se pretende tratar”.

Por último, Pfitzer, afirma que los resultados obtenidos frente al medicamento entonces de referencia, ceftriaxona, y los porcentajes de supervivencia fueron similares aunque ligeramente superiores para el Trovan (94,4%) frente al de ceftriaxona (93,8%) .


Comentario a la noticia.-

Una vez más se pone en contradicción el derecho a conservar la propia salud y, por consiguiente, a la vida de todo paciente, y el derecho a ser informado de las técnicas, medicamentos, efectos secundarios y peligros que todo tratamiento médico conlleva, por suave y poco invasivo que sea para el organismo del enfermo.

En el caso referido existen unas connotaciones que se escapan de dicho derecho fundamental de todo enfermo y es la unión en este asunto de los mencionados derechos y también la ubicaciçon geográfica del país donde se hizo el ensayo, ya que está enclavado en el contienente africano, por lo que forma parte del llamado” tercer mundo”, abundante en riquezas naturales que el resto de los países industrializados desean y explotan; pero poblado de enfermedades, hambrunas y guerras fratricidas que asolan a ese continente primigenio del que procede la vida y la misma raza humana.

Lo importante de la noticia parece obviarse, ya que la supervivencia fue superior a la obtenida por el medicamento de referencia, o sea el que está ya suficientemente conocido y usado anteriormente. El único fin que se buscaba era salvar vidas humanas y ése parece haberse conseguido. Si ese antibiótico se usó en EE.UU para adultos en 1997, parece indicar que, al ver los buenos resultados obtenidos en Nigeria, se permitió su uso en la propia población americana adulta.

Ahora viene la segunda pregunta:¿por qué no se utilizó primero en EE.UU antes de hacerlo en Nigeria? Aquí entran en colisión los intereses de la ciencia en seguir avanzando y no quedar estancada y los de los pacientes a no ser utilizados como cobayas humanas Pero la respuesta no es sencilla, porque quizás la mortandad por la epidemia de meningitis en Nigeria era un peligro mucho más acuciante y real que los posible efectos secundarios del antibiótico que después demostró su eficacia.

Habría que preguntarse, sobre todo, si los enfermos de cualquier hospital en España, o de otro país europeo u occidental, son/somos siempre consultados sobre su autorización a tratarle con determinados medicamentos. ¿Realmente lo creemos y pensamos que sólo en Africa o cualquier país subdesarrollado es donde suceden cosas así? La industria farmacéutica tiene que ensayar los efectos de sus preparados sobre los pacientes que tengan la enfermedad a la que intenta paliar dicho medicamento y, por ello, no se conforma con probar en los voluntarios que aceptan, en completo estado de salud y previo precio siempre escaso para los riesgos que corren, ser cobayas humanas. Sólo comprobando los resultados en cuanto a eficacia y con estadísticas rigurosas y fiables se puede llegar a determinar si tal o cuál preparado farmacéutico es aceptado, por su bondad y eficacia, por la comunidad médica o no.

Habría que recordar los muchos medicamentos conocidos y usados hasta la saciedad que eran plenamente aceptados y recetados por los médicos españoles,por poner un ejemplo más carcano, que han sido retirados de las farmacias, con la prohibición expresa de que sigan expendiéndose, por haberse comprobado, mucho tiempo después de su lanzamiento y uso prolongado, los efectos nocivos sobre sus consumidores. Quiere decirse que todos, de una u otra forma, somos campo de experimentación para las industrias farmacéuticas y, nos alerta de ello la cantidad de “efectos secundarios” que advierten los prospectos de cada medicamento y la indicación de que cuando se tengan tales o cuales, se suspenda el tratamiento y se consulte al médico que lo recetó. Al fin y al cabo, son los médicos los que después hacen llegar a los distintos laboratorios farmacológicos los “efectos secundarios” constantes y repetidos que observan sus pacientes al tomar cada uno de sus medicamentos recetados.

No olvidemos que todos, nigerianos, africanos, blancos y negros, asiáticos y europeos estamos en igualdad de condiciones ante la omnipotencia del especialista que receta, el laboratorio que elabora el fármaco y la Administracón Pública que da el visto bueno para que ese medicamento se pueda recetar y expender en cualquier farmacia. Sólo después de que el perjuicio haya sido causado, si es que lo hubiere y en muchos casos así ha sucedido, se puede saber que el medicamento en vez de curar, mata; o, por lo menos, agrava aún más la dolencia y siempre se sabe “a posteriori”, nunca “a priori”.

En una palabra, todos, estamos igual de indefensos ante el desconocimiento de lo que se nos está recetando o aplicando para curarnos. Da igual de qué país, continente, o raza seamos, porque, en definitiva, todos somos, para la propia sanidad, la Administración y la industria farmacológica, unos “negros”.


Ana Alejandre